Huevos escoceses




Cuando, allá por la Edad Media, fui por primera vez en verano a Inglaterra a estudiar inglés, tuve la mala fortuna de encontrarme con una casa en la que, por decirlo suavemente, se cocinaba "regular nada más".
Una siempre ha sido de buen comer, así que algo tenía que hacer para solucionar mi estado de "inanición". Y recurrí al tradicional local de "fish and chips".
Pero, más que el pescado frito, me llamaron la atención los "Scotch Eggs", o sea, los huevos escoceses.
En ese caso, eran de gallina (aunque pequeños),  y hechos con la carne de las salchichas (o sea, de cerdo). Muy ricos, pero llenaban un montón. Pero he de reconocer que los "Scotch eggs", las patatas fritas, las "battered sausages" (unas salchichas rebozadas en una especie de masa, muy ricas), las "custard tarts" (unas tartaletas con natillas), y unos helados de máquina con un "Flake" de chocolate, sirvieron para saciar mi "hambre" convenientemente.
(Ni que decir tiene que volví a España, después de un mes, hecha una foca, con semejante "dieta", jajajaja. Pero ésa es otra historia diferente).
Desde entonces, nunca los había vuelto a probar. Pero, hace relativamente poco, hubo no sé si un reto, o un desafío de éstos que suele haber entre los blogs de cocina, y en los que, desgraciadamente, nunca puedo participar por falta de tiempo, y el tema era, precisamente, los huevos escoceses. Y me entraron muchas ganas de prepararlos.



Fui leyendo muchas de las recetas que se publicaron, y me quedé con varias ideas.
La primera de ellas: prepararlos con huevos de codorniz, porque quedan con un tamaño mucho más cómodo: de esta forma, puedes comer uno o dos sin problemas, o incluso tres si eres muy tragón, mientras que con los huevos de gallina, aunque utilicemos los pequeños, resultan mucho más grandes, y tardan más en hacerse, además de llenar una barbaridad. Los de codorniz quedan más "de bocado" (bocado no muy pequeño, pero bocado al fin y al cabo, jajaja).
La segunda: sustituir la carne de salchicha por carne de ternera picada, que nos gusta más.
Es una receta que se puede preparar con antelación, y que resulta muy práctica para llevar al campo, a la playa, para una cena de picoteo... De hecho, según he leído en el blog del que saqué la receta (Las Recetas de Tía Alia), surgieron precisamente así; como algo que resultaba cómodo para llevar, o bien de "picnic" las clases más pudientes, o bien al trabajo, las más humildes (sobre su origen hay varias teorías, las podéis leer en el enlace de Las Recetas de Tía Alia. ).
Un blog estupendo, por cierto, que no os debéis perder (y cuya autora y yo nos conocimos de pequeñitas, porque su madre y mi tía son íntimas amigas, pero todavía no nos hemos podido volver a encontrar, jajajaja. Todo se andará).
En casa han gustado mucho. Los acompañé con salsa de tomate casera, y quedaron buenísimos. Pero también se pueden tomar con mostaza, o con ensalada verde, o de tomate, o de pimientos asados... ¡a vuestro gusto!.
(Si queréis ver otras recetas diferentes con huevos, aquí tenéis estos huevos rebozados y rellenos de jamón, o estos huevos duros gratinados con bechamel y tomate. ).
Empezamos con la receta. He seguido prácticamente la de Carmen ("Tía Alia"), con la única diferencia de que ella tiene la receta original, con la carne de salchicha. Pero la he aliñado de la misma manera.


INGREDIENTES:
500 gramos de ternera picada (o 1-2 bandejas de salchichas, sin piel, con un peso equivalente,si seguimos la receta original)
Con esta cantidad de carne, he utilizado 14 huevos de codorniz
Sal
Pimienta negra molida
Una cucharadita rasa de pimentón dulce
Un pellizco de hierbas provenzales
1/2 cucharadita de nuez moscada
Aceite de oliva virgen extra.
Para rebozar: 1 huevo batido, harina, y pan rallado.
Como guarnición o acompañamiento: salsa de tomate casera, mostaza, ensalada verde, o de tomate...


PREPARACIÓN.

Cocemos los huevos, colocándolos con cuidado en el agua caliente, y contando 4-5 minutos desde que comience el hervor (yo me pasé un poco, los tuve unos 6)



Pasado este tiempo, los retiramos del fuego,  Los pasamos por agua fría para cortar la cocción, y después los pelamos con cuidado.
Para pelarlos fácilmente, damos varios golpecitos para rajar la cáscara, después los hacemos rodar entre las dos manos, para que se agriete toda la cáscara y podamos retirarla de manera más sencilla, aunque con cuidado.



Mezclamos la carne con las especias y la sal, y amasamos un poco para que se distribuya todo de manera homogénea.
Vamos cogiendo con la mano pequeñas cantidades, que nos sirvan para envolver y cubrir bien el huevo, pero sin que nos quede una "bola" muy grande, que costaría más cocinar, y resultaría más pesada.


Formamos una bolita, cuidando de que la carne cubra bien todo el huevo, y apretamos bien con las manos.
Una vez formadas las bolitas, las rebozaremos con harina, huevo y pan rallado (por ese orden).

Freír en una sartén honda, sin poner muchas bolitas a la vez, para que podamos darles la vuelta cómodamente, y con abundante aceite, a fuego medio para que se haga bien la carne.


Escurriremos las bolitas sobre papel de cocina.
Servimos templados o a temperatura ambiente, acompañados de la guarnición o salsa que hayamos elegido.



Espero que os gusten. ¡Buen provecho! ;)

Salmón en salsa de soja, cebolla y setas




Me gusta mucho cómo quedan los pescados en el estuche de vapor. Se cocinan en su jugo, y conservan todo su sabor, sin resecarse en absoluto.
Esta receta, en concreto, la he preparado en horno tradicional y en microondas. Personalmente, nos gusta bastante más cómo queda en el horno, porque nos resulta más jugoso el pescado, pero, si queréis hacerla en el micro, con 5-6 minutos de cocción será suficiente.
De todas formas, como tampoco se tarda demasiado en hornear al modo tradicional, resulta un plato muy cómodo para cuando tenemos poco tiempo, o para cocinar al salir de trabajar.
Se pueden utilizar también rodajas de salmón, una por persona, pero prefiero cocinarlo en lomos para esta preparación, porque se come mejor y se desperdicia mucho menos.
Como creo que ya os he comentado más de una vez que nunca pensé que daría tanto uso a estos estuches de silicona. Los hay de varias marcas, aunque, como siempre digo con los utensilios de silicona, merece la pena que los compréis de una marca de calidad, porque duran muchísimo más, no se recalientan ni se estropean, y dan mucho mejor resultado en la cocina.
Si queréis ver otras recetas que preparo en el estuche de vapor, pinchando aquí encontraréis unas deliciosas patatas de guarnición, y en este otro enlace (AQUÍ), tenéis una receta de merluza con gambas. Ya os digo: dan mucho juego estos estuches, y es una forma muy sana de cocinar.


Y para terminar, como hay mucha gente que cree que ya no hago punto de cruz, para demostrar que no es así os traigo estos dos baberitos que he hecho para el hijo de una compañera. ¿A que están graciosos?
Un osito:



Y unos patitos (tengo cierta obsesión con los baberos de patitos, ya he hecho unos cuantos, jejeje)


Y vamos ya con la receta.

INGREDIENTES:

Un lomo de salmón de unos 180-200 gramos para cada 2 personas.
Champiñones Portobello laminados (la cantidad depende del gusto de cada uno, y, si no encontráis Portobello, se puede utilizar champiñón común).
1 cebolla pequeña (o mediana, si usamos dos estuches o uno grande, para 4 personas)
Un chorreón de salsa de soja.
100-150 gramos de leche evaporada
Eneldo.
(No suele hacer falta sal, porque la salsa de soja ya es salada).


PREPARACIÓN:

Picamos la cebolla, procurando que quede más bien finita. Y la colocamos en el fondo del estuche.

Ponemos encima los champiñones laminados.


Después, colocaremos el salmón. Y vertemos sobre él la salsa de soja, la leche evaporada, y espolvoreamos con el eneldo.

(Procurando no gotear la leche por fuera, no como yo, jajaja).

Cerramos el estuche. Y horneamos a 200º durante 15-20 minutos, según el grosor del salmón.
Yo compruebo cómo va la cocción a los 15 minutos, abriendo con cuidado el estuche para no quemarme con el vapor, y separando con cuidado, con una pala de pescado, el lomo).

Sacamos del horno, emplatamos, y servimos. Partimos cada lomo a lo largo en dos trozos, y acompañamos con las setas, la cebolla y la salsa.-


Espero que os guste.


Sri Lanka (última parte)




Con un montón de retraso, motivado por la vagancia, el mucho trabajo, jaleos varios, y el poco espíritu blogueril que he tenido últimamente, llega hoy la última parte de la crónica del viaje a Sri Lanka.
Sí, ya sé que volví en noviembre del año pasado, ya... pero me gusta subir mis crónicas al blog, así me sirve como recordatorio del viaje, aunque no sea una crónica excesivamente precisa y detallada (ya que éste no es un blog de viajes), pero sí un pequeño relato de nuestras andanzas por esos mundos de Dios.
Y, además, si alguno pensáis algún día ir por aquellas tierras, quizá pueda serviros de alguna ayuda; y, si no, pues sirve también para hacer turismo virtual, jejejeje.
Si queréis ver las otras dos partes del viaje, pinchad aquí y aquí.

Empezaremos por lo menos relevante, turísticamente hablando, aunque sea la capital del país, y la ciudad más importante: Colombo.



¿Qué deciros de Colombo?. Pues para qué vamos a andarnos con rodeos: si fuera por ver Colombo, nadie iría a Sri Lanka.
No es que sea una ciudad fea, ni desagradable, pero, realmente, no tiene nada reseñable. Hay algunos mercados curiosos, pero que no llamarán la atención a nadie que haya viajado a algún país de Asia, y algunos edificios antiguos y modernos de cierto interés (pero nada más).
Por ejemplo, este edificio rojo y blanco es la mezquita de Jami-Ul-Afar. Un edificio curioso, simplemente.
Curioso por fuera... porque por dentro no pudimos verlo. Por lo visto, no se permitía el acceso a las mujeres (no sabemos si esto ocurre siempre, o se debía a algún tipo de celebración religiosa).
Por lo tanto, no entramos ni nosotras (porque no podíamos), ni los hombres del grupo (por solidaridad).
Eso sí, nos inmortalizamos en la puerta de la mezquita en cuestión (a Alá pongo por testigo de que no estoy así de gorda: me hincho en los viajes al trópico, como pueden dar fe quienes me conocen, jajajajaja).



Hay también algunos templos hindúes y budistas, como el templo Kelaniya Raja Maha Vihara, a las afueras (parte de mi grupo lo visitó; yo no, porque en ese momento caía un auténtico diluvio, y de allí ya nos marchábamos al aeropuerto, así que preferí no bajarme del autobús).

Nos alojamos en el Hotel Kingsbury, un hotel excelente, con muy buen restaurante y buffet, y una estupenda terraza en la azotea, desde la que puede disfrutarse de vistas como ésta mientras se toma un refresco, un café o una copa. Volvimos a comer en él el día del regreso.
.


En definitiva: si tenéis tiempo libre en el viaje, se puede dar un paseíto por la ciudad. Si no, tampoco os perdéis gran cosa. Lo que pasa es que es el punto de salida y entrada al país, así que, probablemente, sí que tengáis que pasar aunque sea unas horas en la ciudad.
Si tenéis tiempo, dar una vuelta y tal. Templo budista muy curioso de camino al aeropuerto (ver si localizo cuál es).

Y de Colombo, con su poquito interés turístico, pasamos a Kandy, que es, precisamente, todo lo contrario.
Es una ciudad algo más fresca, muy agradable, situada en torno a un lago artificial
En la zona norte de ese lago se  encuentra el Templo del Diente de Buda, que es una reliquia importantísima para la historia de Sri Lanka, y que ha ido "trasladándose" según se trasladaba la capital del reino. Como Kandy fue la última capital antes de que la conquistaran los ingleses, en 1815, pues la reliquia ya se quedó en ese templo, aunque había estado antes en otras de las ciudades que os enseñé en otras entradas, y que habían sido también capitales.
La reliquia (o, mejor dicho, una réplica, dentro de una urna) se saca en procesión todos los años, portada por un elefante. Nosotros no vimos la procesión, porque coincide con la luna llena de julio-agosto.
Para los budistas de Sri Lanka, es el templo más importante del país. Y su visita no os defraudará.

Por supuesto, como en todo templo budista, se entra descalzo (los zapatos se dejan fuera, en una caseta que está a la entrada, pero no os preocupéis, que están vigilados). Y no se puede pasar en pantalón corto ni con camisetas de tirantes.

Esta es una "piedra de la luna", que está a la entrada del templo, como en muchos de los templos budistas de Sri Lanka; sin embargo, yo no la he visto en templos budistas de otros países.
Representa el ciclo de la vida, muerte, y sucesivas reencarnaciones, el "samsara" (en este enlace explican algo más sobre estas piedras, pero está en inglés, no he conseguido encontrar nada en español).


Pro estos pasillos abovedados, llenos de pinturas que representan flores de loto, se entra al templo. 


En este altarcito se depositan las ofrendas de flores. 
La reliquia está en una especie de cofre dorado, al fondo. Ese cofre contiene otros tantos cofrecitos menores, como las muñecas rusas, y, en el último, se encuentra el diente de Buda (o, al menos, eso parece, porque hay versiones que dicen que el diente lo destrozaron los portugueses cuando conquistaron Ceilán-antiguo nombre de Sri Lanka-, y otras, en cambio, dicen que lo que está dentro del cofre es una réplica y que el supuesto auténtico diente está en un lugar seguro).


Aquí tenemos una imagen de Buda. Hay "unas cuantas" en las distintas salas del templo.


Otra zona del templo, llena de imágenes de Buda en distintas posiciones.


En los jardines del templo, nos encontramos con varias zonas en las que los monjes y los peregrinos depositan sus ofrendas, en forma de velas, flores e incienso. 

Hay un pequeño pabellón, lleno de lamparitas de aceite. 


Aquí podéis ver la humareda de incienso...



Una pequeña panorámica del lago de Kandy.



A la salida del templo, empezaba a ponerse el sol. El cielo se llenó de colores, el agua los reflejaba... y a nosotros nos dio por sentarnos en un tronco, y hacernos fotos en la posición del medio loto,jajaja.



Merece también la pena hacer una visita al jardín botánico de Kandy. Aunque hay gente, es tranquilo, y resulta curioso ver cómo crecen allí en los jardines las plantas que nosotros cultivamos en interior... y con dificultad, porque nos falla la humedad y la temperatura constante que ellos disfrutan (o "padecen", según se mire, jajaja).
Es un paseo muy relajante, que viene bien en los días de calor agobiante (o sea, casi siempre). 




Aunque, a veces, nos encontremos con cosas que quizá no sean tan "bonitas", aunque sí curiosas.  Por ejemplo, este árbol, del que cuelgan estas "bolsas de basura"... que no son tal cosa, sino murciélagos (y bastante grandes, como podéis ver).



Hay un pabellón de orquídeas que merece la pena ver, si os gustan estas flores. Sólo os pongo una foto, para no aburriros, pero hay auténticas maravillas.
Eso sí, bien calentito y húmedo, aunque, a estas alturas del viaje, uno debería de estar ya acostumbrado, que estamos en el Ecuador. 



Nos llevaron, cómo no, a ver un espectáculo de danzas típicas. Yo les tengo cierta manía, como ya he contado en alguna que otra crónica viajera; pero, en este caso, he de reconocer que me resultaron mucho más interesantes, sobre todo la parte final, en la que los bailarines caminaban sobre carbones encendidos, y  hacían girar unas antorchas. 

Eso sí. las medidas de seguridad del local eran como para pensárselo: los carbones incandescentes se situaban sobre una especie de planchas de metal, colocadas sobre el suelo de un teatro que, en gran parte, estaba construido con madera.  Pero reconozco que me gustaron mucho más que las de Bali, por ejemplo, aunque también fueran destinadas al consumo turístico.



En la zona de Kandy también visitamos un centro gemológico. Si os gustan los minerales y las piedras preciosas o semipreciosas, disfrutaréis... pero, ¡mucho cuidado!. Si no sois gemólogos o joyeros, id a sitios de confianza, informaos bien antes. No compréis en cualquier tiendecita que veáis por la calle, o en cualquier "taller de joyería" de los que se encuentran por muchas zonas turísticas, porque os pueden dar gato por liebre con gran facilidad. Desconfiad de los sitios muy baratos: nadie suele dar duros a cuatro pesetas. O de los sitios a los que os quieran llevar algunos guías "espontáneos" que se os acerquen por la calle.
Eso sí, si acudís a sitios serios, encontraréis auténticas maravillas: zafiros, piedras de luna, zafiros-estrella... Aunque no se compre, se disfruta viéndolo, por lo menos yo, que soy una amante de los minerales y los cristales desde muy pequeñita.
Y también estuvimos en un jardín de especias, en la carretera hacia Pinnawela, que ofrecía productos de buena calidad (entre ellos, una crema de "lemongrass" para las picaduras de mosquito, que lamenté no llevarme porque era muy buena), y en un taller de "batik" en la propia ciudad de Kandy. 


Respecto del taller, os cuento que sí, es muy curioso ver cómo lo hacen, cubriendo con cera las partes del dibujo que no desean teñir de un color, después sacando la cera y cubriendo otras partes para utilizar otro color distinto... Eso sí, el sitio al que nos llevaron era MUY caro, incluso comparado con otros lugares turísticos que ofrecían productos de similar calidad. Pero, bueno, ya sabemos cómo son estas cosas en los viajes.

Desde Kandy nos desplazamos a Nuwara Eliya, la zona más importante de plantaciones de té, y una población con un curioso aire colonial británico, un poquito decadente, incluso, pero muy agradable.
Aquí, en la época colonial, vivían los ingleses propietarios de las plantaciones de té.
Está a 1900 metros sobre el nivel del mar, con lo cual hace bastante más frío del que uno se esperaría en Sri Lanka: concretamente, cuando llegamos estaríamos a unos 8º (fuimos a mediados de octubre, a finales de la estación del monzón). Así que no olvidéis llevar alguna prenda de abrigo si pensáis visitarla.
Aquí podéis ver a las mujeres trabajando en la recolección de las hojas del té. Trabajo bastante duro, puesto que las plantaciones están situadas en colinas, así que hay que ir subiendo y bajando cuestas todo el rato.


Visitamos una fábrica, donde nos dieron una "charla monográfica" sobre las distintas calidades del té. Dicho así, suena como un auténtico aburrimiento, pero os aseguro que no, que es muy curioso ver la fábrica.  Hay también una pequeña cafetería (sería más bien "tetería",pero ese nombre me suena demasiado "moruno" para el caso, jajajaja), con una tienda donde se puede comprar té, y otras cosas. El té es buenísimo, puedo dar fe.

Aquí podéis ver un ejemplo de lo que os comentaba. Esta es la oficina de correos de Nuwara Eliya: no me digáis que, si no es por el cartelito de la entrada, con esos "alfabetos raros", no parecería que la foto está tomada en la mismísima Inglaterra (el día también era bastante "británico", todo hay que decirlo).


De Nuwara Eliya se sale por la carretera de Ella, que tiene unas vistas absolutamente impresionantes.



Olvidaos de la conducción del personal, como ya os dije en otra entrada (los conductores de Sri Lanka son un poquito temerarios, por decirlo de manera suave), y disfrutad del paisaje... 



Toda la carretera es una bajada muy pronunciada, que  recorre paisajes llenos de una vegetación exuberante, con cascadas, cultivos en terrazas, plantaciones de té, y pequeños pueblos.


Y también nos encontramos con templos budistas, o hindúes, como éste.


Esta carretera nos llevó hasta Tissamaharama, donde nos alojamos durante un día, y visitamos el parque nacional de Yala, del que ya os hablé en otra entrada.

Y desde Tissamaharama (¡qué nombrecito tan fácil tiene este pueblo!), nos desplazamos hacia Bentota, pasando por Galle. 


Esta carretera también tiene unas vistas muy bonitas, aunque, en este caso, son más "marineras", como podéis ver.  


Es la zona en la que podéis ver los tradicionales pescadores de los palos, que tenéis "inmortalizados" en la foto que abre esta entrada. Pero, ¡ojo, advertencia importante!. Antiguamente, sí se trataba de verdaderos pescadores; pero hoy en día, son más bien "pescadores de turistas". Lo que quiere decir que os querrán cobrar por hacerles fotos: de eso viven hoy, y ése es su negocio. Pescar, lo que se dice pescar peces, pescan poco.


Normalmente, son los guías los que les pagan (supongo que estarán "compinchados"con unos o con otros, porque ellos dicen que unos piden más dinero y otros menos, pero ya se sabe cómo funcionan estas historias en los viajes). Si no queréis pagar, pues se les puede hacer la foto desde el autobús o desde el coche... pero, si os bajáis, me temo que no queda otro remedio que pagar. Dicen que son bastante agresivos si no pagas, pero no tuvimos ocasión de comprobarlo, gracias a Dios.

Y llegamos ya a Galle, una ciudad en la que, en su casco antiguo (zona del Fuerte),  se percibe muy claramente la influencia colonial, tanto inglesa como holandesa y portuguesa. 


Un pequeño paseo por la zona del fuerte. Es un lugar ideal para pasear y callejear.
Y el Fuerte hace honor a su nombre: por lo visto, mucha gente de la zona se salvó del tsunami de 2004 refugiándose tras los muros de la fortaleza.



No sé por qué, pero la ciudad estaba llenita de cuervos...


Y así llegamos a la playa de Bentota, donde pasaríamos nuestro último día en Sri Lanka...




En el que, como veis, Sri Lanka se despidió de nosotros con "un poquito más de lluvia".
En definitiva: un país maravilloso, y un viaje muy recomendable (no es un país nada caro). Eso sí, mejor que escojáis fechas más alejadas del posible fin del monzón: noviembre y diciembre suelen ser buenos meses.
Y con esto pongo fin a mi crónica viajera. Por ahora, porque esperemos que en 2016 haya más.
Espero que os haya gustado.

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